jueves, 5 de enero de 2012

Lo de hoy. El último viernes del 2011.

Entre risas y abrazos, traté de inmortalizar esos momentos. Sabiendo que sería una de las últimas instancias de compartir y aprender de estxs primerxs pequeños maestros de mi camino como docente. Luego disfruté de más risas, abrazos y bombas de agua explotadas en mi delantal verde, al extremo de quedar empapada de agua y alegría.

Subí a buscar los libros de clases, cuando me encuentro con la noticia de que dejo de trabajar este mismo día, de parte de la secretaria de la directora (ambas hijas de la sostenedora, gran empresa familiar!!!). Me alcanza un sobre con mi liquidación de sueldo y una carta multiplicada en tres; para el colegio, dirección del trabajo y trabajadora, que en teoría decía que mi contrato termina en este día. Alegué revisar ayer mi contrato, en el que dice que mi término de prestación de servicios es el 28-02-2012 y que el lunes me presentaría a trabajar de igual manera. Ella insistía en que terminaba en este día. Leí la carta. Estaba en lo correcto; la carta rectificaba que mi contrato a plazo fijo terminaba el 28-02-2012, sin renuevo de contrato. Era sólo un aviso. Firmé y recibí mi sueldo, feliz de recibirlo, ya que los meses anteriores lo había recibido a goteras de duras penas. Mientras bajaba las escaleras lamenté la noticia del despido de cuatro docentes el día de ayer, sólo por estar organizándose para que éstas y otras muchas vejaciones en contra de los profesores/as dejen de ocurrir. La próxima sería yo. Al mismo tiempo me alegré por estos docentes, que podrán por fin aspirar a un trabajo un tanto más decente quizás, en donde por lo menos les cancelen lo que les corresponde por sus labores de docencia. Casi de inmediato me apené nuevamente por los estudiantes que perderían ese potencial docente y las y los profesores que ya no tendrán ningún bastión de organización frente a las injusticias de esta sostenedora y su empresa familiar.

Por fin termina mi jornada laboral, me despido de mis colegas deseándoles felices fiestas. Camino hacia el paradero con la mente entre las nubes, pero feliz. Cuando un agarrón de trasero perturba de manera repugnante mis minutos en las nubes… Silenciosamente pedaleó tras de mí, y sin que me percatase de su presencia, no dudó un segundo en agarrar fuertemente. Fue el mismo imbécil, ese que todas las mañanas se paseaba en bicicleta en dirección contraria a la mía, por el camino lateral al colegio, y con nada de gracia y mucho de disgusto me lanzaba un beso. No logré más que una alharaquera de insultos, amenazas, y groserías. Que claramente se vuelven nada en comparación de lo que se merece ese enfermo sexual. Que por ser hombre y vivir en una sociedad que avala el patriarcado, machismo y propiedad de la mujer para el varón, se cree con la aprobación de violar mis derechos. Maldije al imbécil, miserable, enfermo sexual y a todos los enfermos de esta sociedad machista patriarcal.

Con la rabia a flor de piel seguí caminando hasta el paradero… un poco de miedo me invadía ante la idea de ver alguna repugnante figura masculina pedaleando cerca de mí. Ya en el paradero pregunté a una señora si conocía algún local cercano donde pudiese cargar mi celular. Me indicó. Necesitaba con urgencia comunicar mi rabia e impotencia, saciar mi soledad con palabras de consuelo. Pero el miedo me ganó y seguí en aquel paradero. La señora me sonreía y hablaba de vez en cuando alguna que otra palabra, que a mis oídos nublados de rabia resultaban sordas. Luego escuché algunos consejos; “No se case, mijita”, que hicieron despejar un poco la rabia. “Los hombres al principio se muestran cariñosos, amables, muestran que a una la quieren. Pero después con los años, se ven como realmente son. Creen que una les pertenece. Mi marido me dice todo cómo tengo que hacerlo. El otro día estaba lavándole unos pantalones, y me gritó que así no se hacía. Pero le respondí, que si no le gustaba que lo hiciera él entonces. Se dio unas vueltas y volvió, me quitó los pantalones y los tiró en la tierra. Los tomé de vuelta y se los tiré en la cara y le dije que lo hiciera él. A una la humillan, creen que una les pertenece, mijita” me dijo la señora del paradero. “No se casé, disfrute de la vida”. Intercambiamos palabras, consejos, sonrisas… un micro que no quiso llevarme, me alegré de seguir charlando con la señora. Me confirmó y volvió a restregar por mi rostro el machismo y la propiedad de un sexo sobre el otro (preponderantemente el del hombre por sobre la mujer). Pero también me alegré de encontrar mujeres como ella. Que ya no responden sumisas a las vejaciones, que gritan, que alegan, que pelean, que no se dejan amedrentar. Respiré hondo luego de su partida en el micro.

Pensé en cómo continuaría este día de altos y bajos, de alegrías y rabias, de vejaciones y fortalezas… y pensé en que no he tenido noticias de ti, te extrañé.

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